Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre el empleo del tiempo libre, tanto en varones como en mujeres, disminuyeron una media hora al día lo dedicado al ocio y a la vida social. En el caso de las mujeres, el corte todavía era mayor al dedicar más tiempo a las tareas del hogar o al cuidado de algún familiar. Asimismo, el informe destacaba que entre los/as jóvenes de 15 a 29 años, un 74,6% elegía como “ocio” chatear o navegar por sus RRSS, frente a un 22,7% que apostaban por salir de noche o beber con sus grupos etarios.
Todas estas secuencias cotidianas no dejan de ser un reflejo de la sociedad que hemos ido creando. Sin darnos cuenta el sistema ha sido capaz de controlar cualquier actividad, desde los procesos productivos de una economía poco dada al azar, hasta rentabilizar el tiempo vivencial de cada uno de nosotros, ya que no hay nada más lucrativo que generar estímulos ante esa sensación de miedo por perderse lo “último” , de no poder estar al día (el fear of missing out), de no poder alcanzar con éxito la interminable lista de tareas.
El periodista Oliver Burkeman señalaba en su libro Cuatro mil semanas. Gestión del tiempo para mortales, esa “trampa” de la eficiencia y de cómo actúa el sistema para alargar la interminable lista de experiencias, ya sean como goce o como actividades no lucrativas. Mientras estás pendiente de resolver un objetivo siempre surgirá otro más importante de cara al futuro más inmediato, porque el presente ya lo hemos consumido a precio de saldo.
Es evidente que en los sistemas capitalistas todo está mediatizado por el valor del producto, desde nuestro trabajo o nuestros recursos, hasta nuestro tiempo. En este caso la frase “poner en valor” significaría lo mismo que decir “¿cuánto cuesta?” porque ese “tiempo”, ese placer no productivizado, “se ha convertido en un producto con precio en la solapa” (Joanna Pocock)
Hemos llegado a un punto en el que nuestra capacidad de percepción está totalmente distorsionada por el consumo mediático (RRSS, plataformas…). Si las series tienen un índice tan alto de audiencia es porque responden a nuestros propios hábitos, incluso como un acto mecánico donde obra el más puro inconsciente lacaniano, lo cual (como diría el coreano Han) conduce al binge watching , al visionado bulímico.
Es el régimen neoliberal el que intensifica los hábitos seriales y los grandes acontecimientos deportivos (donde el concepto de “masa” cobra todo su sentido) para forzarnos a un consumo mayor. Por ejemplo, la final de la Super Bowl, el fútbol americano, fue vista por más de 190 millones de personas en todo el mundo y 400 millones de interacciones en RRSS, cuando es un deporte, casi exclusivo, de los Estados Unidos. La final juega un papel clave en la estrategia de posicionamiento de marca de muchas empresas, ya que más de un 33% de las personas que se sientan frente al televisor están más interesadas en la publicidad que se emite, con la presencia de cantantes y personajes populares como Rihanna, McCartney o Adele, que en el propio partido. Tanto es así que, mientras duró la retransmisión, se consumieron 1.400 millones de alitas de pollo, y más de 14 millones de pizzas, además de cantidades ingentes de productos anunciados por multinacionales como PepsiCo, Mars, Unilever, Mondelez… Todo un festín de sana opulencia del que también participan las aseguradoras y las clínicas de estética que aparecen integrados en imágenes, gifs o videos recortados que ocupan un pequeño recuadro en la pantalla.
Al final no solo estamos consumiendo más publicidad, como marionetas de un placer nihilista, sino que estamos generando una enorme cantidad de información sobre nosotros (nuestros gustos y aficiones, nuestros entornos sociales y laborales, nuestros perfiles…) cuyos datos serán optimizados y comercializados por los lobbies que generan todo tipo de contenidos y que redistribuyen a las grandes cadenas de consumo o a los medios y plataformas para “recrear” universos distópicos en los barómetros de opinión o en los analistas financieros marcadamente ideologizados por los mercados del Ibex.
Hecha la trampa (al margen del filósofo griego Tucídides) solo nos queda actualizar esa frase tan manida de “matar el tiempo”, que no deja de ser un pensamiento ontológico al que aferrarse, desde Aristóteles hasta Noam Chomsky, y sin embargo encierra una estrategia peligrosa, de un falso entretenimiento, de una forma vacía de asumir el aburrimiento, el hastío que produce el estar vivos, de reproducción narcisista. No existe el nosotros, no existe la acción común. Cada uno se realiza a sí mismo y se entretiene según lo que acontece. Nunca un simple bol de palomitas fue tan decisivo para configurar una nueva forma de estar en el mundo.
No le demos más vueltas. Estamos zapeando la vida (señala con razón el antropólogo Le Breton) como una forma imprescindible de relacionarse con el mundo sin tener que elegir o comprometerse. Para algunos, entre los que me encuentro, tendríamos que reconstruir la vida, tal y como trasciende en nuestros días, o buscar fórmulas más inteligentes para entenderla, en lugar de soñar con universos paralelos que van dejando por el camino las promesas de una felicidad inconclusa.
Mientras tanto, seguiremos acurrucados bajo la almohada atesorando esos últimos cinco minutos con el deseo de que se hagan eternos, como esos versos de Rilke que siempre acaban muriendo tras el amanecer.

