Hay una fotografía que, con los años, se hizo muy famosa. Una fotografía realizada en Lucerna (1882) en el estudio de Jules Bonnet, en la que aparecía el filósofo alemán F. Nietzsche junto a la discípula de Freud, Lou Andreas Salomé, y Paul Rée, su compañero y amigo de ambos. Ese mismo año se publicaba uno de los textos más emblemáticos de finales del siglo XIX, La gaya ciencia.
A Nietzsche se le puede inducir cualquier manifestación o teoría, dada la dispersión de su pensamiento, incluso para muchos solo fue un diletante de la filosofía.
Curiosamente, a pesar de la influencia de otro alemán, Schopenhauer, su pensamiento sí ha calado en muchos de los autores que, años más tarde, significaron las teorías existencialistas y lo que en el último tercio del siglo XX se empezó a denominar como “posmodernidad”. Foucault, Derrida, Bataille, Deleuze, Onfray…, hicieron bandera de las teorías tan poco apegadas a la realidad, como en Humano, demasiado humano, y trasladaron sus propias contradicciones a un mundo que ya no era el que, años atrás, habían tratado de dibujar.
Este error de percepción permitirá, con mayor o menor acierto, el advenimiento de toda una filosofía, el nihilismo, trufado de frases hechas (“amor al destino”) o de prejuicios ante el poder de la voluntad de los hombres, donde el concepto de clase (en su versión marxista) queda diluido bajo el brillo de un nuevo proyecto (más divino que humano) que el propio Nietzsche denominaría como “superhombre” , y que enarbolaron, como si se tratase de un ariete, muchas de las esencias del pensamiento más reaccionario de la Europa de entreguerras.
No obstante, fuera de las categorías conceptuales y filosóficas, ante cualquier análisis de la realidad el fundamento nihilista no se sostiene. Se convierte así en un balbuceo que se interroga a sí mismo interpretando la duda como si se tratase de un juego de dados.
A estas alturas nadie puede construir la narración nihilista ante acontecimientos como la pandemia, los conflictos bélicos en Sudán, Libia, Siria o Ucrania, la miseria endémica de más de 263 millones de personas, o bien cuando empezamos a retomar los aspectos más visibles y cotidianos de nuestra existencia, llámese trabajo, familia, o el mismo hecho de enamorarse o buscar una nueva salida a esas situaciones que nos cosifican y nos marcan de por vida.
Y esto es así porque la realidad, para los que defienden esta vieja fórmula adorada por buena parte de la “gauche divine”, no existe. Su visión naif parte de un sentimiento hedonista, del placer de no estar. Hay autores, como J.M. Esquirol, que afirman que el nihilismo “antes que una tesis teórica es una experiencia que, por tanto, es necesario experimentarlo para poder entenderlo bien “. Experimentemos pues el viaje a ninguna parte de los miles de ciudadanos procedentes de África y de medio mundo, que acabarán perdiendo su vida y la de sus hijos, mientras descubren que los sueños son apenas ciento cincuenta metros de arena. Las madres que untan el pan con la leche que se sacan del pecho para dar de comer a sus hijos. Las mujeres violentadas por creencias de un dios que nadie conoce. Experimentemos con la opulencia del rico y con la dignidad del pobre. Negar para afirmar. Destruir para crear. Es genial. Apostemos pues por la disolución del individuo, que no llega ni a ciudadano, ya que el Estado no existe, y tracemos desde el “pensamiento débil” una finísima línea donde situarnos, solo como meros espectadores ante la deidad de la NADA. El filósofo Nolen Gertz lo resume muy bien: «El nihilismo es la capacidad de disfrutar de una copa de vino mientras se contempla el mundo arder».
Aquello que da sentido a la vida y a la historia de la humanidad se sugiere bajo presupuestos ideológicos vacuos, donde todo consiste en “no creer en nada”. La nada, no como una extensión vanguardista de lo culturalmente aceptado (como se pudiera sugerir en el movimiento DADA de principios del pasado siglo XX), sino la nada como proyecto ejemplarizante, como actitud vital ante el mundo que nos rodea. Terraplanistas, negacionistas del progreso científico que tuvieron su detonante en el desarrollo de las vacunas en medio de una pandemia, adventistas de púlpito y bandera, expuestos al delirio de la ignorancia. Todo puede ser factible, incluso poner de moda, o de actualidad, la negación de la propia existencia que nos limita y nos aleja de la respuesta de Descartes ante la máxima del conocimiento de la razón, cuya causa ha sido la base del desarrollo de la humanidad y de los pueblos desde el siglo XVII.
Sin ese apego, no podríamos entender las vicisitudes acontecidas en los últimos tiempos desde autores como Voltaire, Kant, Hegel, Engels o Lukács, como tampoco podría entender que el maldito principio de incertidumbre de Heisenberg me niegue la posibilidad de poder pasar estos últimos años, casi una eternidad, sin tener la falsa sensación de sentir que la vida sin ella no ha llegado todavía.

