OPINIÓN

Clima, actividad física y salud mental: efectos de la meteorología en la vida cotidiana

Actualizado el 27/05/26 a las 12:52

Marcos Díez De Pedro

Programas FUNDADEPS

Durante el mes de enero y buena parte de febrero, cualquier persona residente en Madrid ha podido sentir en su propia piel la persistencia de una llovizna casi ininterrumpida, consecuencia de las sucesivas borrascas que han atravesado la región. No se ha tratado de episodios aislados de lluvia intensa y pasajera, sino de una humedad constante, de cielos grises y de días en los que el sol apenas lograba abrirse paso entre las nubes.

Más allá de lo anecdótico, este tipo de clima pone de relieve algo que en psicología sabemos bien, pero que a menudo infravaloramos en la vida cotidiana: el entorno no solo nos rodea, también nos moldea. La falta de luz, la sensación de encierro y la repetición de jornadas similares no son únicamente molestias pasajeras, sino factores que pueden influir de forma directa en nuestro estado de ánimo, nuestros niveles de energía e incluso en nuestra motivación para mantener rutinas saludables.

En una ciudad como Madrid, donde el ritmo de vida suele estar marcado por el movimiento constante, la actividad social y la vida en la calle, este cambio meteorológico actúa casi como un freno colectivo. De pronto, lo que antes era espontáneo —salir, caminar, hacer ejercicio— requiere un esfuerzo adicional. Y ese pequeño esfuerzo extra, sostenido en el tiempo, es precisamente lo que muchas veces termina marcando la diferencia.

Es cierto que, en un primer momento, la lluvia invita a parar. Y parar, en ocasiones, es necesario. Como psicólogo, considero que estos periodos pueden ofrecer una oportunidad valiosa para reconectar con uno mismo, reducir la sobreestimulación y dedicar tiempo a actividades más introspectivas. Sin embargo, cuando esta pausa se prolonga durante semanas, deja de ser reparadora y empieza a convertirse en un factor de riesgo, y lo que comienza como descanso puede derivar en aislamiento, apatía o una sensación de estancamiento difícil de romper.

Aquí es donde la experiencia cotidiana encuentra respaldo en la evidencia científica. Sabemos que, en adolescentes, cada aumento de 10 °C se asocia con incrementos del 5–6 % en la actividad física, mientras que la lluvia puede reducirla entre un 2 % y un 5 % (Bélanger et al., 2009). En adultos mayores, algo tan concreto como la radiación solar puede traducirse en hasta 19 minutos más de caminata diaria (Klenk et al., 2012).

Desde mi perspectiva, estos datos no son solo cifras curiosas: muestran con bastante claridad que el clima no influye de manera abstracta en nuestro bienestar, sino a través de algo muy concreto, nuestros hábitos. Y aquí, a mi juicio, está la clave. Porque cuando dejamos de movernos, cuando reducimos nuestras interacciones o cuando nos refugiamos en rutinas más pasivas, el impacto emocional no solo aparece, sino que se amplifica.

Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que la actividad física está estrechamente vinculada a la salud mental, contribuyendo a reducir síntomas de ansiedad y depresión (Zhang & Li, 2025). Es decir, el clima no solo afecta directamente a cómo nos sentimos, sino que también lo hace de forma indirecta, alterando uno de los pilares básicos del bienestar psicológico.

Pero incluso si dejamos a un lado los hábitos, la relación entre clima y estado de ánimo sigue siendo evidente. Diferentes investigaciones muestran que la exposición a la luz solar y a temperaturas moderadas se asocia con mayores niveles de afecto positivo, mientras que la lluvia, la humedad y el frío se correlacionan con estados emocionales más negativos (Baur, 2019).

Desde mi punto de vista, este hallazgo refuerza una idea importante: no siempre necesitamos grandes cambios vitales para explicar por qué nos sentimos peor. A veces, basta con varios días seguidos sin luz, con menos estímulos externos y con menor activación general para que nuestro estado de ánimo se resienta. El problema es que tendemos a interpretarlo como algo puramente interno, cuando en realidad el contexto está jugando un papel mucho más relevante de lo que solemos reconocer.

Además, estos efectos no se distribuyen de manera homogénea. La evidencia muestra que determinados colectivos, como comunidades cultural y lingüísticamente diversas, presentan una mayor vulnerabilidad ante eventos meteorológicos adversos, con incrementos significativos en síntomas depresivos y trastornos como el estrés postraumático tras fenómenos extremos (Sharma & Anikeeva, 2025).

Este punto es especialmente relevante porque introduce una dimensión que a menudo olvidamos: el clima no afecta a todo el mundo por igual. Las condiciones estructurales, el acceso a recursos o incluso la información disponible pueden amplificar o mitigar su impacto psicológico.

Todo ello refuerza una idea que debería ocupar un lugar más central en nuestra forma de entender la salud mental: no podemos separarla del contexto en el que vivimos. El clima, aunque parezca un factor externo y ajeno a nuestro control, forma parte activa de ese contexto.

Por eso, más que asumir estos periodos como algo que simplemente nos pasa, quizá convendría preguntarnos qué podemos hacer frente a ellos. Adaptar nuestras rutinas, buscar alternativas de actividad física en interiores, mantener el contacto social incluso cuando apetece menos o, simplemente, ser más conscientes de cómo nos está afectando el entorno no son recomendaciones menores, sino estrategias de protección psicológica.

En última instancia, la cuestión no es si el clima influye en nuestra salud mental, porque sabemos que lo hace, sino si estamos dispuestos a dejar de tratarlo como un factor secundario y empezar a integrarlo de forma activa en cómo cuidamos nuestro bienestar.

Porque, al final, cuidar nuestra salud mental también implica aprender a leer el entorno en el que vivimos y no actuar como si no tuviera ningún efecto sobre nosotros.

REFERENCIAS

Baur, N. (2019). This weather always gets me down: A psychosocial perspective on
mental illness. Health: An Interdisciplinary Journal for the Social Study of Health,
Illness and Medicine, 23(2), 180–196. https://doi.org/10.1177/1363459318804602

Bélanger, M., Gray-Donald, K., O’Loughlin, J., Paradis, G., & Hanley, J. (2009).
Influence of weather conditions and season on physical activity in adolescents. Annals
of Epidemiology, 19(3), 180–186. https://doi.org/10.1016/j.annepidem.2008.12.008

Klenk, J., Büchele, G., Rapp, K., Franke, S., & ActiFE Study Group. (2012). Walking
on sunshine: Efecty of weather conditions on physical activity in older people. Journal
of Epidemiology and Community Health, 66(5), 474–476.
https://doi.org/10.1136/jech.2010.128090

Sharma, S., & Anikeeva, O. (2025). Impacts of climate change and related weather
events on health and wellbeing of culturally and linguistically diverse communities: A
systematic review. Journal of Racial and Ethnic Health Disparities.
https://doi.org/10.1007/s40615-025-02527-1

Zhang, W., & Li, W. (2025). How weather conditions affect well-being: An explanation
from the perspective of environmental psychology. Frontiers in Public Health, 13,
Article 1553315. https://doi.org/10.3389/fpubh.2025.1553315

CITAS

(Baur, 2019)

(Bélanger et al., 2009)

(Klenk et al., 2012)

(Sharma & Anikeeva, 2025)

(Zhang & Li, 2025)

Marcos Díez De Pedro

Programas FUNDADEPS