En la actualidad, la equidad de género sigue siendo un desafío en diversos ámbitos de la sociedad, y la universidad no es una excepción. A pesar de los avances en legislación y políticas de igualdad, la desigualdad de género persiste en el sistema universitario, con repercusiones que van más allá del ámbito laboral, afectando también la salud (física, mental y social) de las mujeres que trabajamos en estas instituciones.
Es cierto que algunas universidades han implementado medidas para reducir la brecha de género, como la creación de unidades de igualdad, la aplicación de protocolos contra el acoso sexual y la inclusión de criterios de equidad en las evaluaciones académicas. Sin embargo, los datos publicados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y universidades (2024) muestran que las desigualdades persisten:
Distribución por sexo en diferentes disciplinas: Existe una clara segregación de género en los estudios universitarios, predominando las mujeres en ciencias de la salud y ciencias sociales, mientras que los hombres continúan siendo la mayoría en ingenierías y arquitectura.
Investigación y financiación: Las mujeres tienen menor acceso a ayudas de investigación (42% de éxito frente al 49% de los hombres), lo que dificulta el desarrollo de su carrera profesional.
Carrera académica: Aunque hay más mujeres estudiantes y con mejor rendimiento académico, cuando comienzan su carrera docente e investigadora, solo representan el 21% del cuerpo de catedráticos y el 40% del profesorado titular.
Acceso a cargos de dirección: Menos del 15% de los rectorados están ocupados por mujeres, y su presencia en vicerrectorados se limita a áreas con menor peso en la definición del modelo universitario.
Todas estas desigualdades estructurales, tienen consecuencias directas en la salud de las mujeres trabajadoras en la universidad. Y para hacer una aproximación al tema, dándole voz a las protagonistas, realicé un grupo de discusión dentro del marco del programa MIAS 2024. El grupo se realizó con la participación de siete profesoras universitarias de distintas disciplinas, donde se revelaron experiencias comunes de discriminación, presión laboral y malestar emocional. Las temáticas que surgieron en sus discursos son las siguientes:
Roles subordinados: A pesar de su formación y nivel académico, muchas profesoras universitarias han sido tratadas como asistentes administrativas por sus colegas masculinos. Esto se explica por la persistencia de estereotipos y roles de género que asignan a las mujeres tareas de cuidado, organización y apoyo, incluso en espacios donde tienen la misma o mayor formación que sus colegas masculinos. La cultura androcéntrica del ámbito universitario sigue asociando la autoridad, el liderazgo y la toma de decisiones con lo masculino, mientras que las mujeres siguen siendo ubicadas en posiciones de asistencia y servicio, independientemente de su nivel académico o experiencia.
Comentarios sexistas: Desde referencias a su apariencia física hasta advertencias sobre los efectos negativos de la maternidad en su carrera, las profesoras universitarias han enfrentado un ambiente de trabajo hostil. Son microagresiones cotidianas, a veces disfrazadas de bromas o cumplidos, que forman parte de una violencia simbólica, reforzando la desigualdad y generando un ambiente incómodo para las profesoras. Estas experiencias afectan su bienestar y pueden influir en su permanencia y progreso dentro de la academia.
Falta de estabilidad laboral: En los departamentos de los que forman parte estas profesoras, los hombres tienen más probabilidades de obtener contratos fijos a tiempo completo, mientras que las mujeres suelen ocupar puestos temporales y con menor carga horaria. Esto repercute en que, aunque hay muchas mujeres en la universidad, su presencia disminuye a medida que se asciende en la jerarquía profesional, lo que genera un círculo negativo, al afectar la posibilidad de que dichas mujeres acumulen méritos para futuras acreditaciones y promociones. Esas barreras invisibles (techo de cristal) que dificultan su acceso a puestos permanentes y de mayor estabilidad, están relacionadas con la falta de reconocimiento de sus méritos o el sesgo en los procesos de selección. Los comités de selección y promoción suelen estar dominados por hombres, lo que refuerza dinámicas de preferencia hacia perfiles masculinos.
Además, los hombres suelen ser percibidos como candidatos más “disponibles” y comprometidos con su carrera, mientras que a las mujeres se les cuestiona su estabilidad laboral por factores como la maternidad o la conciliación familiar, como se verá a continuación.
Maternidad y conciliación difícil: Un tema que al que las profesoras del grupo dieron mucha importancia, fue todo lo relacionado con la maternidad. Reconocen que tuvieron que postergarla porque consideraban o que no iban a poder con todo, o que les iba a perjudicar a nivel laboral. Y eso les genera malestar. Al tener que asumir mayoritariamente el trabajo doméstico y el cuidado de hijos/as o familiares, limita su disponibilidad para cumplir con las exigencias del sistema universitario (como movilidad internacional, largas jornadas de investigación o reuniones fuera de horario).
La falta de apoyo y los horarios inflexibles dificultan la conciliación de la vida laboral y personal, lo que genera estrés y ansiedad.
La exigencia de una productividad constante en investigación choca con la realidad de la maternidad, lo que genera prejuicios sobre la «dedicación» de las profesoras. Se les advierte que tener hijos las «perjudicará», como si fuera una elección incompatible con el desarrollo profesional, mientras que en los hombres la paternidad rara vez es vista como un impedimento.
Efectos en su salud mental: Muchas participantes del estudio mencionaron sentirse desgastadas emocionalmente, algunas incluso llegando a puntos al borde de la depresión, debido a la presión y las barreras para su desarrollo profesional. Las desigualdades estructurales y barreras invisibles que hemos comentado anteriormente (tener que adoptar roles subordinados, microagresiones cotidianas, techo de cristal y barreras en la promoción profesional, efectos negativos en su carrera por la maternidad y falta de medias de conciliación reales) dificultan su desempeño profesional y su bienestar. El malestar emocional de las profesoras universitarias no es un problema individual, sino el reflejo de un todo sistema académico que sigue reproduciendo desigualdades de género.
Si la universidad, como centro de conocimiento y progreso, sigue reproduciendo desigualdades de género, es evidente que queda mucho por hacer en toda la sociedad. Desde una perspectiva de género, es fundamental visibilizar estas desigualdades, cuestionar los roles asignados y promover cambios estructurales que garanticen una distribución equitativa del trabajo, y el reconocimiento del liderazgo femenino en la universidad. Es necesario promover una nueva cultura académica menos competitiva, más transparente y solidaria, que valore a las mujeres por su capacidad, méritos y forma de trabajar, sin reducirlas a estereotipos, ni penalizarlas por su vida personal.
Este cambio será posible si se trabaja desde la transparencia, el apoyo mutuo y el compromiso con la equidad como compromiso entre todos los estamentos universitarios. Solo así se podrá garantizar un entorno académico donde las mujeres no solo puedan avanzar profesionalmente de una manera justa, sino también preservando su bienestar y su salud.
Agradecimiento: Gracias a las compañeras que, de manera totalmente desinteresada y solidaria, me prestaron una tarde de sus vidas (siempre tan atareadas) para regalarme sus discursos de mujeres tan valientes y tan valiosas. Que no olvidemos nuestras historias de desigualdades en el entorno universitario y protejamos a las que vienen detrás. Gracias de corazón.
Referencia:
Ministerio de Ciencia, Innovación y universidades (2024). Equidad de género. Disponible en: https://www.universidades.gob.es/equidad-de-genero


