OPINIÓN

El tercer ojo

Actualizado el 02/05/24 a las 15:56

Antonio Merino Bernardino

Secretario General de FUNDADEPS

En una de sus constantes y reiteradas entrevistas realizadas en Facebook (su canal favorito), Mark Zuckerberg señalaba que en menos de una década la mitad de sus empleados/as trabajarán de forma permanente desde sus casas. Bueno, la mitad menos los 11.000 trabajadores/as de Meta que han sido despedidos con un WhatsApp de apenas dos líneas.

Todavía recordamos el atractivo que contagiaba esos espacios diseñados por las grandes firmas, como Foster, Zaha Hadid o Herzog&Demeuron, y la estética minimalista sostenida por sillas de tres patas y mesas recicladas de algún viejo cascarón hundido en las Antillas.

Pero éstas no son, ni mucho menos, las oficinas que veíamos en el cine de la mano de actores como López Vázquez, José Sacristán, Fernán Gómez, o el maravilloso Jack Lemmon recorriendo los pasillos de una inmensa nave donde solo se escuchaba el teclear de las secretarias, como el zumbido de una ametralladora, mientras se divisaba en la lontananza la mesa del director que observa con orgullo su pequeña colmena.

Después de la pandemia estos espacios, que ilustran los cambios operados en el paradigma del trabajo, con todo su sesgo ideológico y de clase, ya se asumen como parte del distanciamiento social que supone vertebrar un mercado laboral poco dado a los cambios pero que tiende a ser más híbrido y flexible.

No será fácil adaptar el lugar del trabajo a la vida de los empleados/as. En las empresas con más de cien trabajadores/as ya se están adoptando estrategias de hub and spoke, tan común en los procesos de distribución y logística. En este caso se trataría de mantener pequeñas oficinas centrales, muy operativas, en paralelo a otras ubicadas en las zonas residenciales de los empleados/as. Esto supondría, según señalan desde Laborde Marcet (una de las mayores inmobiliarias de Europa) “optimizar recursos y ahorrar costes fijos”.

El problema surge de las palabras “optimizar” y “ahorro”, ya que siempre van asociadas hacia la reestructuración de plantillas. Ese ahorro del 20 o 25% significará que ante una mayor implantación del teletrabajo se producirá una menor necesidad de puestos, y la mayoría de estos puestos serán, como siempre, de mujeres sin posibilidad alguna de alcanzar nuevas metas profesionales.

A este desmedido afán por la gestión en remoto de la rentabilidad y la productividad, se añade una cierta disonancia, recelo o sospecha, por el control de la “fuerza del trabajo” del empleado/a, un concepto acuñado por K. Marx en 1867 y que hoy sigue de plena vigencia.

Todo este plan, urdido por las mentes más privilegiadas de los departamentos de RRHH, se traslada a los espacios del trabajador/a. Lo que antes era “su mundo”, su ordenador, sus archivadores, sus cuadernos, sus lapiceros, la taza de café con los dibujos de Frida Kahlo…, ahora se ha convertido en su tercer ojo, una especie de percepción extrasensorial que limita y controla sus movimientos. Bromas, pocas.

Según una encuesta interna de Microsoft, nueve de cada diez grandes empresas han instalado softwares de vigilancia. Llamadas intempestivas, correos compulsivos con decenas de personas en copia, videollamadas y reuniones de Zoom que no aportan nada. Como resultado de todo ello las reuniones semanales se han incrementado un 153% (datos de 2020), y la multitarea y las largas jornadas se han convertido en la norma. Cada cierto tiempo la empresa necesita comprobar tus “constantes vitales” porque en esas mentes tóxicas, que solo generan desconfianza, el empleado/a siempre estará bajo sospecha.

Incluso la actividad y la rutina se monitoriza al minuto, desde controlar los movimientos del ratón o las pulsaciones del teclado, hasta contabilizar las visitas al baño o las pausas para el café. El informe Employee Monitoring and Surveillance, realizado por una de las agencias de la Unión Europea refiere, por ejemplo, que más de un 40% de las empresas españolas han instalado algoritmos para monitorizar la actividad de sus empleados/as. Hemos cambiado el servilismo y la gestualidad del trabajo presencial por un escenario virtual de envíos compulsivos de e-mails.

Al final resulta que es mucho más fácil contabilizar las horas que se pasan en una oficina bajo el binomio presencialidad-productividad, que ponderar el valor de una buena idea, aunque las manecillas del reloj justifiquen todo lo contrario. ¿Es la incompetencia de las empresas que siguen mirando al dedo, o la impotencia de un sistema obsoleto y desclasado que se niega a morir?

Antonio Merino Bernardino

Secretario General de FUNDADEPS