Los datos tienen su erótica (el mundo vive de ellos), pero también nos provocan cierta ceguera. “Apantallan” la realidad desde una aberrante contaminación mental. A Juan Arnau (La erótica del dato) no le falta razón. Sin darnos cuenta somos los protagonistas del uso y desecho de las grandes estructuras tecnológicas. El nuevo colonialismo nos seduce y, poco a poco, vamos entregando con un solo clic nuestro ya reducido espacio interior.
Ya no es solo la humanización de las máquinas, sino la robotización de las personas. Todo es deliberado para lograr la uniformización del pensamiento. La estrategia está diseñada para que las personas se vuelvan superfluas, átonas, en un imaginario espacio de confort y piensen, desde un pensamiento único, lo mismo que se pudiera advertir en una marmota. A través de una pantallita el avatar configura su representación, su identidad virtual, como en una especie de ritual donde la realidad no existe.
Nunca, la herramienta de la propaganda, tal y como la había diseñado Goebbels en Alemania, ha sido tan eficaz. No solo atrae adeptos convertidos en consumidores compulsivos, fascinados por la simplicidad de su uso, sino que son los propios medios de información (llámese los mass media) los que se hacen eco del mensaje y lo difunden por todas partes. El historiador israelí Harari lo tiene claro: “el mundo es información”. Es decir, son las grandes tecnológicas como Cisco, Amazon, Apple, Microsoft, Meta, Samsung, las que legislan la vida de las personas, y son ellas las que determinan lo que es verdad, la posverdad, o las fake news. Es lo que la filósofa Hannah Arendt llamaba la banalidad del mal:
“Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada. Un pueblo que ya no puede distinguir entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal. Y un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar está, sin saberlo ni quererlo, completamente sometido al imperio de la mentira. Con gente así (y la historia se encarga de recordarlo) puedes hacer lo que quieras”.
La ceguera del dato se asiste desde los gobiernos y las instituciones que han decidido que la realidad no existe fuera de ese vasto sistema colonial de información.
Todo esto no es nuevo. Ya nada nos sorprende. Galileo, Descartes, Newton, ya se postularon en ese sentido desde ópticas muy diversas, lo que el físico Niels Bohr definió como “principio de complementariedad”. Es decir, el dato no es algo neutral, sino que ya viene “cocinado” con su sesgo ideológico, de género, raza y religión, y su uso dependerá de nuestras intenciones. Obviamente desde la presencia de ese tercer ojo que va marcando tu existencia.
No hay un lenguaje privilegiado, aunque ésa sea la superstición del mundo moderno, el culto al dato. Y no es solo una teoría sino más bien un razonamiento donde lo cuantitativo predomina sobre lo cualitativo.
Hace tiempo que la creatividad, la imaginación, el criterio, la observación de los hechos, dejaron de tener valor. Es curioso que esos datos, toneladas de datos, junto a cómo gestionamos el miedo, se conviertan en el primer paso para definir a las personas y poder transformarlas en meros instrumentos de una realidad que solo existe en las series de Netflix, previo pago de una vida miserable a la que ellos llaman felicidad.

