La migración es, sin duda, una de las experiencias más transformadoras que puede vivir una persona. Como mujer migrante, he experimentado de manera gradual cómo este proceso ha generado cambios profundos en mi vida, algunos conscientes y otros fruto de la improvisación y la incertidumbre. Sin embargo, quisiera compartir mis reflexiones en torno a una pregunta que marcó mi camino: ¿Qué pasa cuando migramos?
Una de las primeras lecciones que aprendí fue que existen diferentes tipos de migración. Comprender esta diversidad es el punto de partida para entender cómo nos afecta y cómo podemos aprender del proceso. En este sentido, resulta imprescindible analizarlo con un enfoque de género, pues las condiciones y desafíos cambian significativamente cuando eres mujer. Dentro del fenómeno migratorio, se pueden distinguir dos grandes grupos: las mujeres que migramos voluntariamente y aquellas que lo hacen de manera forzada. En ambos casos, existen características específicas que determinan el grado de vulnerabilidad durante el proceso de adaptación al país de acogida. Estas vulnerabilidades están profundamente ligadas a los estresores y barreras que enfrentamos, especialmente al abordar el duelo migratorio.
A nivel personal, acercarme al concepto de duelo migratorio me permitió identificar los distintos niveles y tipos de duelo que se experimentan. Cuando llegamos a un nuevo país, el éxito del proceso depende en gran parte de nuestras características personales, como la capacidad de adaptación, la resiliencia y la educación emocional, así como de las limitaciones externas que enfrentamos. En su libro Inteligencia migratoria, José Achotegui explica cómo el duelo migratorio puede desencadenar comportamientos y emociones inesperadas, a menudo difíciles de manejar sin las herramientas adecuadas. Aprendí, por ejemplo, que las condiciones de vulnerabilidad pueden intensificar el estrés psicológico, llegando a provocar lo que él define como el Síndrome de Ulises: un cuadro de estrés crónico, intenso y múltiple, característico de las personas migrantes en situaciones extremas.
Sin embargo, no todo depende de los recursos personales. Mi segundo gran aprendizaje fue entender la importancia del rol de las instituciones. Con frecuencia, la migración se percibe como un asunto exclusivamente individual, donde la responsabilidad del éxito o el fracaso recae únicamente en la persona migrante. Pero esto es un error. Reconocer que las instituciones tienen un papel fundamental es esencial para diseñar estrategias efectivas que promuevan la integración y el bienestar emocional.
Otra pregunta que me rondaba constantemente durante mis primeros meses después de migrar era: ¿Por qué me siento así? Me refiero a esa montaña rusa emocional que experimentaba, cuestionando si había tomado la decisión correcta. Aunque mi migración fue voluntaria, me enfrenté a una realidad que no cumplía con las expectativas que había proyectado. Perder mi estatus profesional, enfrentar una violencia institucional sistemática y sentirme constantemente invisibilizada complicaron enormemente mi adaptación y mi equilibrio emocional. Durante meses, atravesé episodios de tristeza profunda, me convertí en una persona más insegura y experimenté una soledad autoimpuesta. Me resultaba difícil mantener las redes de apoyo de mi país de origen y, al mismo tiempo, construir nuevas. Ante este panorama, decidí que necesitaba un plan de acción.
Mi plan de acción: individual y colectivo
Para enfrentar los desafíos emocionales de la migración y avanzar hacia la inclusión en el país de acogida, estructuré un plan basado en dos tipos de acciones: individuales y colectivas.
A nivel individual, fue fundamental trabajar en el autoconocimiento y la inteligencia emocional, enfocándose en aspectos directamente relacionados con la migración. Identificar pensamientos distorsionados, como la idealización del país de acogida o el de origen, y canalizarlos mediante mapas mentales y ejercicios de escritura fue clave para visualizar mis objetivos. Además, establecí hábitos saludables: mantener una rutina de actividad física, cuidar mi higiene del sueño y aprender a gestionar mi tiempo de forma eficiente. Este último aspecto es especialmente relevante, ya que muchas mujeres migrantes tendemos a sobrecargarnos con actividades y compromisos impulsadas por una necesidad de hiperproductividad que nos ha sido impuesta históricamente. Es crucial que existan programas específicos para mujeres migrantes que aborden estas cuestiones desde una perspectiva integral.
A nivel colectivo, las instituciones y organizaciones que trabajan con personas migrantes jugaron un papel importante en mi proceso. Es esencial conocer el tejido asociativo disponible en la ciudad de residencia y vincularse a redes de apoyo. Aquí se hace evidente la importancia del papel institucional. Las instituciones públicas deberían ofrecer recursos accesibles y actualizados que respondan a las necesidades específicas de colectivos vulnerables, como mujeres víctimas de violencia de género o personas LGBTIQ+. Sin embargo, la realidad es que muchas de estas instituciones cuentan con recursos limitados, por lo que las organizaciones sin ánimo de lucro y las asociaciones desempeñan un rol vital en garantizar el acceso a derechos fundamentales. Vincularse a estas redes, ya sea a través de voluntariados o actividades presenciales, puede mitigar el impacto del estrés migratorio y facilitar la creación de conexiones significativas.
La importancia de las redes de apoyo
Finalmente, considero que una de las estrategias más efectivas para sobrellevar los efectos emocionales de la migración es la construcción de redes de apoyo. Participar en iniciativas colectivas, compartir experiencias y establecer vínculos tanto con otras personas migrantes como con la población autóctona facilita no solo el acceso a información valiosa, sino también la creación de espacios de empatía y colaboración. Estos vínculos son esenciales para afrontar los desafíos emocionales y construir una integración más sólida y humana en el nuevo contexto.

